Dientes de León

Sistemáticamente, como todas las mañanas, se quitó de encima las cobijas. Posó ambos pies en sus pantuflas, acomodadas en el punto exacto junto a la cama y se dirigió al baño entre los restos de dientes de león que flotaban en el aire. Abrió el botiquín, tomó el frasco naranja de tapa blanca que había robado de casa de su suegra y tragó las dos pastillas con agua del lavabo. Esa era una costumbre aprendida de las películas gringas (si allá el agua era potable, ¿acá por qué no?). Se sentó de nuevo en la cama y esperó a que los químicos surtieran efecto.

-Buenos días Julieta

-Buenos días Violeta

-Buenos días Ana

-Buenos días Violeta

Buscó en su closet el corsé que había comprado el fin de semana y lo combinó con los pantalones de cuero que consiguió en el mercado, se subió a los zapatos negros de tacón más alto que tenía y amorató sus ojos con sombra líquida de Channel. Esta vez se adelantó al despertador, que sonaba frenéticamente cada mañana. Decidió salir sin sweater repitiéndose uno de sus mantras: ‘el look ante todo’. Ya la esperaba el taxi

-Hoy amaneció más temprano ¿verdad?

-Como todos los jueves Víctor

Siguieron en silencio hasta que abandonó el vehículo frente a su trabajo.

-Buenos días Ismael

-Buenos días Violeta

Cambió el orden de todos los papeles en su escritorio y continuó su jornada como todos los días, sólo que ahora la abandonó más rápido el efecto de los fármacos y de nuevo, flotaron en el aire los residuos de dientes de león, nublando su vista.

-Buenas tardes Violeta, ¿mucho trabajo? No se ha ido a comer, no le gustaría bajarme la bragueta y chupármela hasta que me venga sobre sus tetas que hoy se ven especialmente antojables?

-Claro licenciado, sólo déjeme terminar este reporte.

-La espero en mi oficina.

Se levantó de su silla y reptó por el suelo del pasillo adivinando las puertas que conducían al recinto alfombrado que ostentaba el título de Dirección.

-No ha cesado de nevar en todo el día.

-Sí, hoy los carneros pelearon por más tiempo, pero el macho dominante conservó su primacía.

-¿Se terminó de evaporar el río?

-No, el elevador sólo llega hasta el piso 32.

-Muchas gracias.

-Por nada, lo tendré en cuenta para la próxima junta.

Llegó la hora de salida y decidió conectarse un rato, así que abrió la boca disipando con el aliento los dientes de león y bebió un buen sorbo de ginebra. Las letras en la pantalla bailaban al ritmo de su respiración. Cuando la oficina quedó en silencio tuvo que huir. Checó su tarjeta y salió para subirse de nuevo al taxi.

-¿Estuvo pesado el día?

-No, como siempre, de algo hay que vivir. Llévame a mi casa Víctor

-Claro Violeta

Las luces de la ciudad se encendían una a una mientras se aproximaban a su destino. El sonido de la puerta del Volkswagen le recordó sus prácticas de tiro y subió poco a poco saludando a los vecinos. Como siempre, la reja del apartamento de enfrente estaba abierta, esperándola. Esta vez decidió entrar. La recibió una alfombra café que reverdecía en primavera, y se adivinaban los restos de amapolas, aunque el trabajo de jardinería era excelente. Corrió el librero tras de sí para bloquear la entrada y saludó

-Hola

-Como siempre Violeta, ¿estás de luto?

-No, simplemente compré zapatos nuevos.

-Que bien, te quedan excelente, casi no se escucha tu respiración.

-Eso intento, pero este mes me toca renovar la inscripción.

-Claro, siempre es engorroso adivinar los números de las llamadas perdidas, ¿qué te trae por aquí?

-Vengo a recoger a Julieta.

-Claro, la envolví en papel aluminio para que no se enfríe.

-Muchas gracias, no era necesario, usted siempre tan amable, prometo que esta semana queda lista su bufanda.

-No te preocupes, he notado que sales por la puerta trasera.

-Gracias, nos vemos mañana.

-Con cuidado y cierra la puerta cuando salgas

Cuando entró a su departamento se despojó de la ropa y dejó los zapatos en el alfeizar de la ventana para que se orearan; tomó el periódico para revisar la cartelera y se sentó en la mesa a esperar el tocino que se cocinaba en la estufa. Cuando estuvo listo, bebió placenteramente cada uno de los hilos de aceite que escurrían del tenedor y se lavó los dientes. Sus pies agradecían lo mullido del piso cubierto por las pelusas grisáceas, inertes tras todo un día de flotar por la casa.

Toc toc toc

Corrió hacia la puerta y al girar la llave escuchó a su visita con la familiaridad de siempre.

-Buenas noches.

-Llegaste temprano.

-Hoy no tomaste tus pastillas de la tarde, sé que me querías ver.

-Sí, siempre te quiero ver.

-Vamos a la cama, te ves cansada.

-Te esperé tres años.

-No te preocupes, ya estoy aquí, ¿alfombraste?

-No, son los dientes de león que quedaron de la última vez.

-Me gusta, combina con los sillones.

-Cómo has estado, ¿sí conseguiste lo que buscabas?

-No, seguramente tendré que viajar de nuevo, pero esta vez quiero que vengas conmigo.

-¿Y mi trabajo?

-No importa, con lo que me den podremos mantenernos un buen tiempo.

-¿Y mis plantas?

-Podemos llevarlas, no necesitan pasaporte.

-¿Me amas?

-Desde el primer momento, ¿recuerdas ese día?

-No, no del todo, sé que me trajiste a casa y me bañaste, pero no entiendo por qué yo, pudiste dejarme sola.

-Me gustan los retos, además, puedo perderme en tus labios y no buscaría la salida.

-Sabes que te amo, ¿verdad?

-Sí, me lo habías dicho, pero aún te puedes arrepentir.

-No quiero, no me arrepiento de nada.

-Eso me gusta de ti, tu determinación. El corsé es nuevo?

-Sí, lo compré pensando en ti.

-Que bien, sabes que me gusta como te ves de negro. Te traje algo, pero no tienes que tomarlo ahora, aún te quedan cosas por vivir.

-Si lo tomo ¿qué pasa?

-Nada, sólo terminará todo.

-¿Cuándo?

-Cuando tú decidas.

-No me pidas que decida.

-Esta vez no puedo hacerlo por ti.

-¿Y mis plantas?

-Las tienes que dejar.

-¿Y mi trabajo?

-¿Por qué tienes tantas dudas?

-Porque no quiero quedarme sola.

-No tiene nada de malo estar solo y después de todo, yo estaré contigo, para siempre.

-¿Y después?

-¿Después?, después tú estarás conmigo

-¿Sola?

-No, después estarás conmigo. Toma tus pastillas.

-No, esta vez no, esta vez decido yo. Ya no quiero nada más. Despiértame cuando te vayas, y si no despierto sólo dame un beso.

-Te amo.

-Buenas noches.

La casa estalló en llamas y sólo quedaron sus zapatos negros que, estoicos, resistieron el incendio.

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